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Domingo por la mañana. Me despierto en la cama. Me duele la cabeza, hay cosas que no me dejan dormir. Es pronto, pero ya oigo a la vecina sacudir las alfombras. ¡Seguro que lo hace por tocar los huevos!. Antes de intentar volver a dormir, recuerdo que hay una caña nueva que espera en el maletero del coche. El día parece soleado, me tiro de la cama y me voy de “estrena” antes de que me arrepienta. Me apetece un café en el Sancho leyendo el periódico. A estas horas no hay problema de aparcamiento. Todavía quedan dos parejas en la cafetería de fiesta tomando un cubata y metiendo en la tragaperras sin parar. ¡Joder, qué ruido!. ¿Sólo lo noto yo?. El resto del personal parece sordo. Hay una silla libre al lado de ese cazador que ya parece borracho y no para de echar la peste de un caliqueño inaguantable. El camarero ya me conoce, me pregunta si quiero lo de siempre y se queda mirando al puro del cazador, que no para de echar humo. No le dice nada, pero lo tomo como un signo de solidaridad. Es complicado, puede que sea algún habitual como yo. No ha acertado en el desayuno. Da igual, el tío es majo y la tostada está buena. Paso cinco minutos “tranquilo", leyendo el marca, con el ruido de la máquina del café, las tragaperras, la tele y el humo del puro. La opinión la atesora un viejete simpático que comenta con el otro camarero cada noticia que lee, y las lee todas. Es un espectáculo oírlo narrar las desgracias que están pasando por el mundo, parece que la culpa se la echa a quien las padece. Se acabó el paraíso, bajan del hotel dos maravillosas familias jóvenes con acento andaluz o extremeño y con tres encantadores niños que no paran de vocear. Me rindo, pago y me voy.
Estoy seguro que Herodes tuvo alguna mañana como la mía. ¿Dónde voy? No tengo ni idea, ya son las diez y he quedado para comer a las dos. Sin querer, pongo el coche rumbo a Ricobayo. Hay varios coches aparcados en los caminos y cunetas. Serán cazadores o buscadores de setas. Según paso la gasolinera recuerdo que en primavera,antes de llegar a " El Campillo", encontré un camino que bajaba hasta el embalse rodeando lo que parecía una granja de cerdos. Allí fui un par de veces, y solamente una encontré varios barbos de orilla, pero estaban a la jodienda y no le hicieron ni caso al escarabajo. Llego pronto, está cerca; busco una sombra para el coche. Hay una encina al lado de una torre de alta tensión. Monto la caña nueva, del 6 de 10 pies. Da mal rollo, han habido pescadores que las han “palmao” debajo de unos cables de alta tensión aún sin haberlos tocado. Se conoce como el efecto “puente eléctrico”. Con las chiruca sobra, no hace falta vadeador aunque la orilla se ve muy empinada por la bajada del embalse. Hace tiempo que no voy solo de pesca. Me la enseñaron yendo acompañado, pero hubo un tiempo en mi vida en que necesité ir sólo y tenía su gracia. Era una pesca en estado puro, sin nadie que te pusiera horarios de comida o de viaje de vuelta. Cuando te cansabas, a casa, pero siempre te cansabas tarde, de noche, aunque fuera a primeros de temporada y siempre muy cansado. Hoy la soledad me recuerda la misma sensación que tenía entonces. 
Voy hacia la derecha, el aire sopla fuerte de oeste a este y me ayudará a lanzar. Además la ladera está aún a la sombra que ocultará la mía. Últimamente los barbos me parecen más desconfiados y con mejor vista. Seguro que son manías, que siempre fueron igual. Si te fijas en el agua de la orilla se ven hormigas flotando, habrá habido una nueva eclosión. Más de media hora andando y veo un barbo nadando lejos de la orilla por la superficie. No es grande. Le lanzo una hormiga alada, se acerca, la mira y sale como alma que lleva el diablo. ¡Qué cabrón! Mal empiezo, pero … la caña es bestial, he lanzado casi toda la línea sin problemas, ¡Mira que estaba lejos!. Sigo andando despacio, intentando localizar peces. Diez minutos más tarde llego a unas piedras muy altas y afiladas, que ocupan toda la orilla. Pienso que es tontería jugarme el tipo, sobre todo viendo que no se mueve un pez. Ya son las once y media, como no ande más listo hoy no le unto el morro a ninguno. Me voy hacia el otro lado, aquí no hay nada que rascar. Antes de llegar a la altura del coche veo como desde el medio del embalse viene un barbo levantando todos los alburnos que se encuentra en su camino. “Éste lo engatillo, seguro”. Le planto la hormiga un par de metros por delante. Se acerca muy rápido a engullirla y … ¡la madre que lo parió! Sale también disparado. Bajo uno a uno a todos los Santos y Apóstoles del cielo. Me acuerdo de la familia del barbo, sobre todo de su madre. ¿Qué pasa? No sé, no tengo ni idea. Entre juramento y juramento unos segundos de lucidez me hacen pensar que el fallo estará en el bajo. Tengo puesto de punta un fluorocarbono del 25 que va muy bien para el strímer pero parece que no para la mosca. Creo que brilla mucho y hoy hace mucho sol. Lo cambio por uno del 20 normal y corriente y no tardo cinco minutos en ver otro barbo. Le lanzo, le pongo la hormiga en los morros y la toma sin recelo. Menos mal, era el sedal. Como no podía ser menos, el barbito dio una arrancada y se quedó la mosca partiéndome limpiamente el sedal. Como en el caso anterior, me acordé de su madre pero no me cabreé tanto al haber encontrado el fallo y la solución. Busco en el arnés y encuentro un 25 normalito. Ato otra hormiga de la caja. Ésta la hice con un montaje en cuerpo extendido y le puse alas en chartreusse para verla mejor. No tardo nada en ver otro barbo que desde el medio del embalse viene directo. Me subo a una piedra alta, saco toda la línea que tiro en el agua para evitar enredos y lanzo por donde supongo que va a pasar. La mosca cae suave pero no la veo. Como me ha pasado más veces, cargo las alas de material y en vez de flotar mejor, se hunden las moscas. Muy placada al agua me parece distinguirla pero el barbo se está desviando. De pronto aparece otro barbo que sube desde el fondo y se la lleva limpiamente. He visto toda la secuencia pero no me he enterado que se comió mi mosca y se ha clavado sólo. Yo estaba mirando al barbo que venía. Por fin, este lo saco. Solamente ha hecho falta tirar no sé a donde, no ver la mosca, que suba un barbo que no tenía idea de donde estaba, que se la comiera y que se clavara él solo. Parece imposible sacar otro …. Llego a unas piedras grandes que permiten subirte a una de ellas, sentarte y controlar a la sombra una gran superficie de embalse. Es un momento de anuncio Marlboro pero sin caballo. Me fijo en la misma orilla y lo que parece una piedra empieza a moverse. Es una pequeña carpa hocicando. Al lado de unas piedras sumergidas se ven blases chiquitos que siguen a un grupo de alburnos. Levanto la mirada y veo como se acerca otro barbo. Lanzo desde la sombra y la mosca cae a más de un metro pero ha chapoteado al posarse. El bicho parece que no la ha visto pero como el que no quiere la cosa se desvía hacia donde está y la engulle sin miramientos. El segundo de la mañana. Cuando lo saco veo que está enfermo, muy delgado ya sabéis. No lo entiendo, ha tirado fuerte y si lo ves de cerca parece que las va espichar esta misma noche. Lo suelto con los forceps para no tocarlo. Da grima. Ha rozado todo el bajo. 
Cambio el hilo de punta y cuando vuelvo a mirar al Esla, veo como se acerca un barbo serio, un señor barbo. Viene hundido a un par de cuartas pero según va pasando va dejando una estela en la superficie poco perceptible pero que dice mucho de su tamaño. El tamaño en cuestión de barbos sí que importa. Espero a ver que hace y acierto pues aunque no me ha visto, cambia el rumbo 90 grados a la derecha saliendo disparado. Lo sigo con la vista. ¡Qué bueno! No está “paseando”, está siguiendo una libélula con ganas de trincarla. Empiezo a correr tras él. Estoy seguro que si soy capaz de llegar con la mosca lo trizo. Lo paso, sigo unos veinte metros y me escondo tras una piedra que me tapa entero. Lanzo lejos (cómo lanza la puta caña, es una gozada). El barbo está llegando a la altura de la mosca pero más cerca de la orilla de lo que me parecía. Recojo línea para que se encuentre la hormiga. ¡Mierda! Pasa de largo. Estoy seguro de que la ha visto pero no le ha hecho caso. Casi tengo al bicho a mi altura y estoy a punto de ponerme en pie. De pronto, se da la vuelta y retrocede más de 5 metros a por la mosca. ¡No me lo creo!. La come y clavo despacio rezando para no sacársela. ¡Bingo! Lo tengo clavado, es una poza profunda, tira hacia abajo pero no noto piedra alguna. Arranca a lo bestia hacia la otra orilla sacando toda la línea. Saca unos 10 metros de trenzado, lo podría haber parado pero es tan bueno tener a una bestia al otro lado de la caña. Empiezo a recoger y todavía tiene fuerzas para otras dos buenas carreras. Ahora es cuando me acuerdo de que estoy solo. Los grandes peces hay que disfrutarlos con alguien. Lo meto rápido en la sacadera y lo peso: 3,1 kilos y 64 cms, ocupa toda la sacadera, y esta es grande. Me fijo en lo grueso que tiene el pecho y en una herida en el centro del mismo. Le suelto la mosca, la foto y hasta luego. Peso la sacadera en vacío y da 0,3 kilos, entonces el peso exacto era de 2,8 kilos. Qué difícil es llegar a los 3 kilos con los barbos. Sobre todo si los pesas. Miro el reloj, la una y veinte. La paella de Vicenta ya estará al fuego. La mañana ha ido mejor de lo que pensé. ¿Y si me calzo una cañita en la terraza de Fausto y paso de los barbos? Adjudicado. Subo la ladera atajando hacia el coche. Aprendo que no se puede llevar la sacadera mojada colgada a la espalda si no llevas váder. Cosas como esta me hacen reconocer que me falta mucho falta por aprender. Me gusta que sea así. ¡Fausto! una caña de medio. ¡Marchando!.
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