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EL SEÑOR DE LAS MOSCAS SECAS

 

     Corrían las aguas del río Orbigo a principios de los años 90, por los alrededores del tan conocido puente Paulón, concretamente en el coto de La Bañeza.

     Por aquel entonces, se empezaba a fomentar la pesca sin muerte entre los pescadores leoneses, con un pobre resultado para regocijo de algunos foráneos entre los que me encontraba yo.

     Aunque  el precio de los permisos, en aquellas fechas, era infinitamente más atractivo que en estos momentos, no resultaban lo suficientemente baratos para que los aficionados a este noble arte desembolsasen ni un solo céntimo si no había recompensa material, como hasta entonces  se hacia por esos lares.

      La vigilancia del tramo en cuestión, la ostentaba un legendario Guarda de coto a punto de jubilarse y que se sabía, afortunadamente para nosotros, todas las artimañas  posibles, resultando casi imposible llevarse una trucha del río sin que él diera el visto bueno (digo esto por que a  mi personalmente me lo insinuó en alguna ocasión).

      Recuerdo también que tenía la potestad, debido a su veteranía  supongo, de disponer de las truchas que considerase convenientes para repoblar el coto al mismo ritmo que se hacia en temporada con muerte, y que como ya sabéis, al ser un intensivo de trucha Fario procedente de la piscifactoría de Vegas del Condado, se hacía una o dos veces por semana; Así pues, una verdadera maravilla para iniciarse en la práctica de las pesca a mosca con cola de rata.

      Los permisos se expedían en La Barraca; chiringuito que está al lado del puente  y que servía de punto de encuentro de pescadores y guardas antes de comenzar la faena, éramos una familia… rara (ya que pagábamos los permisos religiosamente y no nos llevábamos las truchas) mascullaban los ribereños y demás colegas, cuando nos encontrábamos tomando un café de puchero o echando un vistazo a la orilla del río.

      A veces coincidía con alguno de ellos a pie de río, y comentábamos sobre las posturas de las truchas, la manera de pescar tan moderna que practicábamos, o las moscas con las que engañábamos a las truchas, que se habían hecho más selectivas que antes debido a la captura y suelta, y le regalaba alguna mosca para que la probase cuando tuviese ocasión; en fin, íbamos cogiendo familiaridad pescatil.

     Yo, por entonces, tenía un horario de trabajo ideal para complementarlo con la pesca que me permitía ser un asiduo del coto, así que no había semana que no repitiese al menos dos veces y así disfrutar de ese paraíso artificial, en el que se había convertido el coto de La Bañeza gracias a una serie de coincidencias  que mas o menos he explicado ya anteriormente.

      Fue en una de estas jornadas de pesca cuando sucedió lo que ha dado origen a este relato:

     Había salido de trabajar a las 9 de la mañana y por no demorarme en demasía preparando, como hago ahora, el taco. Subí al coche con la intención de engañar a alguna pintona y después volver pronto para comer en casa de mi madre en Benavente antes de incorporarme de nuevo al trabajo a las 6 de la tarde. Pero como es propio del pescador ávido de emociones, olvidé por completo la hora que era hasta que un leve dolor empezó a subirme por el estomago indicándome que se encontraba totalmente vacío, y de que ya estaba bien por hoy; Pero las truchas no paraban de entrar al padrenuestro y no era plan dejarlo ahora con lo bien que me lo estaba pasando, y fue en aquel preciso momento cuando oí un ruido de ramas detrás de mi. Me giré para ver de que se trataba y allí estaba mi salvador (lo supe después) vestido con un mono azul, como se suele hacer en los pueblos de ésta zona, yo diría mejor, de todas las zonas. Con la bicicleta de la mano y observando que todo lo que habíamos hablado en varias ocasiones sobre el placer de pescar sin muerte era verdad, sobre todo si además engañabas a las truchas con tu propia colección de moscas, como era mi caso. Salí del río dirigiéndome hacia él y sin apenas darme tiempo a saludarle me preguntó si me encontraba mal pues había observado que no paraba de apretarme el estomago; Sin darle mucha importancia al asunto, le dije que no era otra cosa, que me encontraba en ayunas debido a mi ansia de venir lo antes posible a probar las moscas que había fabricado el día anterior, soñando con mover al mayor número de truchas hasta la hora de regresar. Le mostré las moscas en cuestión y comentamos un poco los pormenores del río como habíamos hecho en encuentros anteriores y nos despedimos, no sin antes regalarle una de mis moscas, incitándole a que probase un día, aunque fuese con buldó  (modalidad que practicaba en la  temporada con muerte, por nombrarla de alguna manera). Montó en la bicicleta y nos despedimos hasta otra ocasión, deseándonos  suerte mutuamente, desapareciendo al poco tiempo entre los chopos que bordeaban el río. Me volví a meter en el río un poco más arriba del lugar del encuentro y seguí pescando con el mismo tricóptero que me estaba dando tan buenos resultados. Estaba absorto pensando en eso, en lo que pensamos los pescadores mientras esperamos la subida de una trucha a nuestra mosca, es decir, en no se que, cuando de repente me subió una, lo recuerdo perfectamente, a la velocidad del rayo y por supuest,o la fallé y fue en ese  instante, mientras juraba por lo bajini, cuando volví a oír ruidos de ramas a mis espaldas. Me volví y allí estaba mi colega ribereño haciéndome señas para que saliese del río.  Y con el lamento todavía entre mis labios accedí a la indicación, acercándome a la orilla para comentar - pensaba yo en ese momento- el lance con él. Creyendo que lo había visto perfectamente desde la orilla. Pero nada más lejos de la realidad. Lo que él quería era obsequiarme con su obra maestra. Lo mismo que  anteriormente había hecho yo con una de mis moscas. Abrió una bolsa y sacó de ella un impresionante chorizo casero, de los que un gran amigo mío llama “pa familia na más”, acompañado de un buen trozo de pan de pueblo y un botellín de agua lleno de vino de la tierra. Me dejó todo entre las manos argumentando que era ya la hora de comer y además le esperaba en casa su mujer con la mesa puesta y todos sabemos lo que eso significa. No me dio tiempo a decir nada. No fue hasta pasado algún tiempo cuando nos volvimos a encontrar y le pude dar las gracias como se merecía, cuando comprendí que la atención para conmigo no lo era tanto por haberle regalado alguna que otra mosca sino por haber despertado en él otra manera de ver la pesca. Se había comprado un vadeador en una tienda de La Bañeza y estaba pescando con su vieja caña de buldó una de las maravillosas tablas que hay en el coto. Me comentó, que en el pueblo se reían de él por venir a pescar y no llevarse las truchas, pero que le daba igual porque se lo estaba pasando cojonudamente y además su mujer no le decía nada.

     Y yo que pensaba que el día me había salido redondo cuando llené el estomago con ese impresionante chorizo ( no me cansaré de repetirlo) con el pan y el vino que me regaló.

     Comprendí que… ahora si, ahora si se había cerrado el circulo de una magnifica jornada de pesca.

     Otro día os contaré lo que aconteció con otros personajes a orillas del río Orbigo.

 

Comentarios
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paulino (Registered) 2009-05-07 10:03:21

Yo no sé, pero el chorizo de Melquiades, me mosquea...
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