| GRETA. |
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| Escrito por PEDRO CARLOS PEREZ ALONSO | ||||||
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Me pide mi amigo José Miguel algún relato de pesca. Hay tantos para las pocas pintonas que se pescan en la vida, “al menos yo”. Se me ha pegado algo del llorón oficial de la asociación, no voy a dar su nombre, pero creo que juega la partida en casa Poldo. Mi relato es de amistad, amistad con un perro que vivió conmigo trece años, es decir, toda su vida y que me acompañó siempre en mis jornadas de pesca. Al principio con ahogada y más tarde cuando abracé la religión de la rata, me espantó algunas truchas, sobre todo de joven cuando era más fogosa. Era una perra de aguas española y tienen ese nombre por algo, os lo aseguro; se tiraba a las posturas de las truchas nadando donde quedaban los últimos círculos de la tabla, desde aquel momento me conjuraba en sus muertos para no volverla a llevar, hasta el siguiente sábado que no me podía resistir al meneo del pequeño rabo. Mucho Negro con sus negras aguas; arriba y abajo del Botero, en el Trefacio, con sus truchitas de color plata Y dejar el coche para subir a Vega de Tera. No había todo terreno, al menos yo, para ir por el otro lado y había que ir a pata para volver por la noche, tropezando por Gencianal con rocas y arroyos y sin luna llena ,que no la queremos los pescadores. Ella siempre contenta, con un palo en la boca, cada día un palo, cada palo un chapuzón, sin importar si era marzo o mayo. El último palo fue en el Negro, como no podía ser de otra manera. El lunes se puso temblona y poco más, una gran encina de mi setero de cardo fue su última cuna, debajo de ese gran árbol el rey de los palos. Algún fin de semana después volví al Negro con Luis Carlos, mi compañero de pesca y amigo, y me encontré el último palo de Greta, al lado del agua, sobre la hierba; está en mi casa guardado con su recuerdo de acompañante de este aprendiz de pescador. Que todavía cuando cierra la puerta del coche, para volver a casa, echa un ultimo vistazo por si aparece , entre las hojas.
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-cómo las habremos podido matar- ; Galende, donde los cebollas nos dejaban las sobras; el Puente, desde la fábrica de la luz hasta Puebla; el Tuela, que debería ser patrimonio de la humanidad de los pescadores humanos con las truchas, ¡pobre Tuela que siempre se recupera hasta que un día no lo haga y nos volvamos llorando de haber permitido quemar el paraíso!; Lacillo, donde se cebaban las truchas que nunca picaban; el Truchas; el Cañon del Tera; el Castro o lo que queda del pobre; Yeguas donde madre mía una tarde noche que miedo pasamos los dos, subidos a una peña y dos mastines grandes y fieros al que ella, les gruñía por lo bajini ,se comían las piedras que le tiraba hasta que al final “el bueno“ del pastor se apiadó y llamó desde la oscuridad, - la madre del pastor fue muy popular aquel día, bueno, casi noche de hace tantos años- ; y puente Ciervas que nunca pesqué pero que me lo ha contado bien Lantarón y eso también cuenta, y poco León. La verdad es que he sido un pescador más bien local no como Chaqui, Alicia, Miguel o Carlos, que juegan en ligas extranjeras.